Theodor Adorno, teórico de la opinión

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Un día, el viejo profesor explicaba su lección acerca de la opinión, el conocimiento y el fanatismo, cuando tres alumnas se adelantaron hasta el púlpito, se desnudaron los tersos pechos y atacaron a besos al absorto maestro. Era una protesta liberal, aparte de lo voluptuosa, ante lo que las jóvenes estudiantes consideraban una traición: el viejo profesor había moderado sus pensamientos radicales y ya no respondía exactamente a las inquietudes de las primaverales revueltas europeas. El escándalo fue una de las últimas acciones en que se vio envuelto el eminente filósofo Theodor Adorno.

Tiempo después un infarto liquidaba sus días terrestres, el 6 de agosto de 1969, cuando se cumplían veinticuatro años de la destrucción nuclear de Hiroshima. Había nacido en 1903, el 11 de septiembre, fecha que desde 2001, al ser arrasadas las Twin Towers, se vería relacionada para siempre con el recuento de catástrofes. De modo que su arco vital transcurre entre dos datas de horror. Es como un símbolo añadido por la vida a una existencia dedicada a entender las vicisitudes de nuestra modernidad. Sobre todo, el intelectual alemán trató de ventilar la cuestión de “por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, se hunde en un nuevo género de barbarie.” Seguimos esperando una respuesta, mientras recordamos al profesor marxista.

Adorno – sociólogo, musicólogo y filósofo – fue uno de los principales pensadores de la llamada Escuela de Francfort, movimiento de pensamiento de orientación marxista que surgió en 1923 y que se vinculó al Instituto de Investigación Social de esa ciudad alemana. El grupo de filósofos asociados a esta Escuela trataba de contrarrestar las influencias de la filosofía irracional en boga por esos años y de activar el cuerpo teórico del marxismo.

El método y la concepción que seguían se identificaron en el término filosofía crítica. Este ya indicaba la función que atribuían a sus proposiciones teóricas en el laberinto de ideas del siglo XX. A dicha escuela estuvieron asociados nombres fundamentales del pensamiento contemporáneo como Max Horkheimer, Walter Benjamin y Herbert Marcuse, tal vez el más difundido, y últimamente Jürgen Habermas. Fue en la capital austriaca, mientras estudiaba música bajo la tutoría del eminente Alban Berg en 1925, que Theodor Wiesengrund —su verdadero nombre— se decepcionó del irracionalismo que auspiciaba el Círculo de Viena. Así, aunque sus primeros trabajos se dirigieron a la música, básicamente a referir la obra del genio del momento, Arnold Schönberg, a su regreso de Viena empezó a esbozar los rudimentos de tu teoría filosófica. Escribió primero una tesis sobre el inconsciente en Kant y Freud que fue rechazada, por lo que se aventuró en una nueva sobre Kierkegaard. Esta fue aprobada y publicada en 1933, lo que le granjeó la entrada al Instituto de Investigación Social de Franckfort. Pero ese año de desgracia no fue sólo el de esa decisiva publicación, sino también el de la entronización del nazismo en la vida del país. Theodor y el Instituto se veían en peligro. El filósofo se iría a Gran Bretaña. Fue allí donde asumió el apellido de soltera de la madre para firmar sus artículos sobre música y filosofía.

El Instituto emigraría también para radicarse primero en Zurich y luego en Nueva York, a donde se incorporaría Theodor en 1938. Regresaría a Alemania en 1949, tras la derrota de Hitler. Retomaría sus clases en el Instituto desde 1951 hasta su muerte. El pensamiento de Adorno, disperso en artículos y en libros fundamentales como Dialéctica de la Ilustración (en coautoría con Horkheimer), Mínima moralia y Dialéctica negativa, es un intento por devolver la razón, el conocimiento y la verdad a su puesto, despojados de todo fanatismo, superchería y utilitarismo. En su obra sobresalen diversos conceptos fundamentales muy divulgados y debatidos. Estaba convencido de que al racionalismo se le había empleado muchas veces sin base cierta de razón. Se despojaba el sistema de su esencia y se apelaba, tramposamente, a sus elementos superficiales. Así desarrolló el concepto de “razón instrumental”, razón que persigue determinados fines no siempre positivos, se refiere a la destitución de los ideales de la razón, el conocimiento y el progreso, izados por la Ilustración y que la sociedad industrial corroe con su utilitarismo y consumismo bestializante. Todo pensamiento debía revitalizarse mediante la crítica sistemática. La duda y el amplio sustento en la crítica resultan necesarios para que la razón alcance su verdad. De ahí que su sistema adquiriera el nombre de filosofía crítica. De igual modo, reprocha “la cultura industrial”, que degrada el arte y lo transforma en productor de objetos de consumo, al servicio de la comodidad más que del espíritu. También emplea el de “personalidad autoritaria” para caracterizar a los conformistas que piensan según un dictado, que asumen su rol social acríticamente, prefiriendo obedecer los mandatos de las estructuras establecidas antes que criticar, pensar, transformar.

Adorno dedicó especial atención a las relaciones entre opinión, conocimiento y verdad en la vida social. En tal sentido sus tesis son sumamente interesantes y pueden servir en mucho a todos los Indignados de la Tierra. Para el profesor, “Opinión es la posición, siempre acotada en cuanto válida, de una conciencia subjetiva, restringida en su contenido de verdad.” De modo que es la subjetividad que indaga y trata de expresar un sentido la que confiere carácter a la opinión, si bien está lógicamente limitada en cuanto al grado de verdad pues entiende esta como un proceso sucesivo de penetración. Una subjetividad crítica y consciente formula opiniones propias, en lugar de repetir las “normales”. La opinión aceptada como general, “normal”, se basa en un sistema de criterios arraigados en la tradición. Por eso, indica, “En general, tener una opinión, juzgar, es expresarse en cierta medida contra la experiencia, tender a la locura, mientras que, por otro lado, solo el capaz de juzgar está dotado de razón.” De manera que ya el hecho de opinar, de emitir una idea propia, es ir contra la corriente, entrar en el territorio de lo considerado como chiflado. Adorno se basa en el concepto de que cada idea es ya un producto anormal pues busca abrirse un nuevo espacio en determinada realidad. Escribe, “Todo pensamiento es una exageración, en cuanto que cada pensamiento, que lo es en realidad, apunta más allá de su rescate por medio de hechos dados.

Sostiene que la opinión es siempre subjetiva y que los individuos se adscriben a ella. Mientras el conocimiento es supuestamente lo verificado objetivamente, aunque la mayoría de las veces, según Adorno, ha sido “una vacía promesa”, pues no deja de haber subjetividad e intención en la búsqueda de lo objetivo. Pero existe una dialéctica entre opinión y conocimiento, pues no siempre es posible obrar desde este último. Los hombres están forzados a operar con opiniones, por la propia dinámica del conocimiento y la vida. Es lo que hace a la opinión desplegarse “contra la experiencia”, pues solo lo irruptor puede abrir nuevos caminos de cognición. De ahí surgen cuestionamientos como el de opinión sana y opinión insana. Estas él las ve determinadas y fijadas por los círculos de poder, no halla una discriminación precisa y objetiva, sino que difusa y relacionada. “La frontera entre la opinión sana y la infectada no la traza in praxi el conocimiento objetivo sino la autoridad vigente.” Esto lo ha corroborado la vida más de una vez, al verse cómo ideas puestas en flujo por determinados grupos de poder aparecen siempre con la debida sustentación objetiva que, luego, el desencadenamiento de hechos nos revela que no eran tales.

De modo que no siempre la opinión general es la opinión cierta. Es por ello que discrepa del eslogan americano de que “Millones de americanos no pueden estar equivocados”. Pide que desarrollemos, “una actitud crítica ante esa candorosa imagen de la opinión.” Plantea que no solo es inadecuado considerar que la opinión normal sea verdadera y la chiflada o anormal sea falsa, pues la considerada como normal es la establecida por los grupos de predominio. Señala que el pensamiento normal, “no es capaz de pensar lo verdadero de una manera distinta a como todos piensan.” Es de aquí el peligro de llevarse por los criterios extendidos y al uso sin mayores cuestionamientos. La influencia de los medios y el poder pueden hacer equivocar a grandes grupos de individuos. La experiencia de la Alemania nazi confirmó su tesis. “La razón al servicio de la sinrazón (…) se pone de parte de la opinión y la endurece de tal modo que ni se la puede ya alterar en nada, ni se manifiesta tampoco su índole absurda.” Lo cual desemboca no solo en la mentira, sino peor, en la injusticia y el crimen.

Tras la catástrofe social y cultural del nazismo, ante el horror de los campos de exterminio, Adorno se había preguntado, “¿Cómo escribir después de Auschwitz?” Sin embargo, sí se escribió, se escribe, no solo después de Auschwitz, sino también después de Sevrenitza, las Twin Towers, Gaza, Mosul, Kirkul, Bagdad. Se escribirá porque es lo menos que puede hacer la lucidez: tratar de entender, dejar testimonio, advertir, mostrar la parte honrada de la humanidad. Las tesis de Adorno sobre la necesidad permanente y dialéctica de la razón crítica nos alumbran en tal sentido.

Manuel García Verdecia
En Holguín, 15 de agosto de 2011 

vía Theodor Adorno, teórico de la opinión – Radio Angulo.

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