Filósofos comprometidos

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En la Argentina de estos tiempos, varios filósofos incursionan frecuentemente en los temas políticos.Nada de extraño en esto. Desde Platón en adelante, lo que se denomina la filosofía política atrajo a los más grandes pensadores. Lo que me llama la atención es que el análisis de nuestros filósofos nativos y sus consiguientes valoraciones se aplican -excesivamente, a mi juicio- a lo circunstancial, a los acontecimientos, al “día a día de la política”. Y también -enlazado con lo anterior- se advierte que la descalificación del que piensa distinto, cuando no el escarnio, aparece con más frecuencia que la deseable.

Esto me recuerda la polémica entre Sartre y Merleau-Ponty, en los años 50 del siglo pasado, que terminó con el distanciamiento entre ambos. Como se sabe, aquéllos fueron dos fundamentales filósofos del siglo XX, “existencialistas” y “de izquierdas”. En la posguerra participaban del equipo que dirigía la famosa revista Les Temps Modernes , hasta que las diferentes visiones sobre el comunismo Sartre se había convertido, en esa época, en un fiel “compañero de ruta” del PC francés fueron el detonante, en 1953, de la ruptura, aunque no su única causa. Merleau-Ponty se alejó de la publicación y entró en el prestigioso Collège de France. En ocasión de esos hechos, se intercambiaron unas cartas que sólo fueron publicadas muchos años después.

Por cierto, ambos eran intelectuales comprometidos con su sociedad y su tiempo, pero la naturaleza de ese compromiso fue lo que los enfrentó. Sartre reprochó a Merleau-Ponty que su dedicación a la filosofía lo alejara de lo que hoy se denominaría la “militancia”.

Como dice Roger Pol Droit: “Para Sartre, lo esencial era actuar, no callarse, tomar posición. Lo que contaba, por sobre todo, era no hacer el juego a la burguesía, por el silencio o por la distancia. Para no traicionar, era preciso intervenir constantemente en la actualidad, reaccionar ante los acontecimientos, en caliente, cada vez, en el día a día”.

Merleau-Ponty tenía otro enfoque. Consideraba que su retiro de la revista no significaba abandonar el compromiso, sino darle otro perfil. Era, por ejemplo, no escribir más sobre el tema de los acontecimientos diarios, “en la urgencia y a medida que suceden”. Era, también, “renunciar a erigirse en jueces de la historia, lo que es, en el fondo, una vuelta al idealismo como corriente filosófica y a sus principios superiores [fina estocada de un filósofo a otro?] como si todos no estuviéramos inmersos en la historia, sin esperanza de ver en ella una significación total”.

Había, además, otras razones. Merleau-Ponty tenía un gusto por el matiz, por el claroscuro, que no tenía Sartre. De hecho, cuando Merleau-Ponty definió a la filosofía -en su curso inaugural del Collège de France- le atribuyó estos dos rasgos principales: “gusto por la evidencia” y “sentido de la ambigüedad”, entendida esta última no peyorativamente, sino como lo opuesto a lo unilateral. Ambigüedad en el sentido de prestar atención a las múltiples facetas de la realidad y rechazar el pensar por exclusión. Ambigüedad que consiste en buscar no a los contrarios incompatibles, sino los puntos de conjunción (por ejemplo, entre lo visible y lo invisible, entre las ciencias y la filosofía).

Sartre pensaba y actuaba en otro registro. Genio y figura, su exclamación en el artículo “Communistes et la paix” nos lo pinta: “Un anticomunista es un perro; me mantengo en esto y no me moveré jamás de esto”.

Merleau-Ponty, en cambio, en una de las entrevistas radiales que le hicieron en 1959, antes de su temprana muerte (1960), decía: “Lo que define al filósofo es siempre la idea de que se puede comprender al otro, que se puede comprender al adversario. La filosofía no sería lo que es, si no hubiera en los filósofos esta actitud, no sólo de ubicarse, sino de percibir lo que no son y de comprender también, si fuera necesario, aun aquello que los contradice”.

Si mi percepción de los textos de nuestros filósofos vernáculos no es errónea, me atrevería a aconsejarles que, en el momento de juzgar la realidad política, se inspiren un poco más en Merleau-Ponty y un poco menos en Sartre. Este fue genial -¿quién puede dudarlo?-, pero también, en su constante “militancia”, abría la boca más de la cuenta.

Enrique Tomás Bianchi  

El autor es secretario letrado de la Corte Suprema

© La Nación

vía Filósofos comprometidos – 15.08.2011 – lanacion.com.

Jean Paul Sartre - Cartoon

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